Uno de los asuntos que aborda Michel Foucault en su libro "Vigilar y Castigar", es cómo en un momento determinado de la historia, en cierta formación discursiva, la sociedad abandonó el castigo del cuerpo para ejecutarlo sobre el alma como una nueva forma de actuación del poder. De la sanción física, del dolor y la tortura, se pasó al encierro de quienes trasgredían las normas establecidas, las correcciones sociales dejaban de imputarse sobre el cuerpo del trasgresor para suscitarse en el alma. De esta manera, surgieron nuevos dispositivos, relaciones estratégicas, técnicas de gobierno, estados de dominación, instituciones, discursos y prácticas que ponían en discusión las formas como se venía "gobernando" a la población, ejerciendo el poder. Ahora la sociedad dejaba de maravillarse por mortificar el cuerpo para orientar sus prácticas modificatorias de las conductas, comportamientos y actitudes "inaceptables", hacia la configuración de toda una "empresa de ortopedia social", con unas condiciones particulares. Así, el poder desapareció como una manifestación de fuerzas enfrentadas en el castigo del cuerpo para instituirse de otra manera. Foucault describe profundamente cómo el poder se ejerció en cierta época sometiendo el cuerpo a la tortura, para ello, muestra detalladamente el castigo al que es sometido en el siglo XVII el cuerpo de Damián:

"Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a "pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París", adonde debía ser "llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano"; después, "en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento" (Foucault, 1975, p. 11).

De este modo, la agresión física y lastimar el cuerpo se convirtieron en las estrategias de materialización del poder, con las que se pretendía imponerse, sujetar a las personas, atemorizar, controlar e impedir la transgresión de la norma, de lo establecido. No obstante, el diagrama de la época sufrió una transfiguración, al incursionar la idea de disciplinar el alma en vez de castigar el cuerpo, para lo cual se establecieron discursos, prácticas e hicieron necesarias instituciones como la cárcel, el hospital siquiátrico o la escuela.

Al observar la situación acontecida en Colombia en relación con el fenómeno de la violencia y del poder, comprendido como una relación de dominación, se percibe cómo aún se recurre al "castigo del cuerpo" como una forma de ejercer el poder, de instaurar la violencia como política de verdad, de someter, dominar y gobernar a los otros; maltratos a cualquier nivel, violencia familiar, masacres continuas, desapariciones sistemáticas, torturas, desplazamientos, hacen pensar que este tipo de estrategias y prácticas de poder se mantienen en el tiempo, instauradas en la actualidad, resistiéndose a desaparecer o a transfigurarse. Así, la violencia, en sus múltiples matices, se ha venido institucionalizando como una verdad, como la única alternativa para enfrentar los conflictos, que configura subjetividades singulares, formas particulares de ver el mundo, de representárselo, de vivirlo.

Estas circunstancias incitan a examinar el enfoque con el que se asume el estudio de los procesos históricos, ya que al adelantar análisis sobre la violencia colombiana, por ejemplo, es necesario revelar la perspectiva en la que se reconoce a la historia, puesto que si se la considera como una sucesión lineal de hechos en el tiempo, que no es trastocada, que se organiza como una evolución constante y progresiva, se afirmaría entonces que en nuestro país la violencia siempre ha existido y es un acontecimiento natural de nuestras vidas, que lo que hoy ocurre simplemente es el resultado causal de hechos sucedidos en otra época, que la violencia actual es el resultado de lo iniciado en los siglos anteriores.

Pero si por el contrario, se asume la historia como una discontinuidad o un quiebre, como una serie de fracturas en el tiempo, la violencia se concebiría como un vestigio que no siempre ha existido y adoptado las mismas formas, ni ha configurado del mismo modo a los sujetos y sus realidades. En esta perspectiva, se reconoce que la experiencia de violencia en el país ha sumido múltiples rostros, muchos de los cuales han desaparecido o transformado para emerger con otra forma, pero que ante todo han sido el efecto de múltiples líneas de fuerza en conjunción, que han instaurado discursos, modos de comprender lo político, de formar subjetividades, de resolver las diferencias. En cada una de estas maneras de entender la historia, por consiguiente, la violencia se han ido constituyendo imaginarios del significado de una sociedad pacífica, de la justicia, de la equidad, de la formación democrática, de la ciudadanía, del poder.

Por tanto ir tras el rastro de la emergencia de la violencia en el país, significa, en la última perspectiva enunciada, reconocer las diversas concepciones e imágenes como la violencia se ha configurado en Colombia, así mismo, "se trata de mirar precisamente la violencia, no como algo continuo en nuestra historia, sino cómo, cuándo, en qué circunstancias... se va configurando un espacio de problemas dentro del cual se va formando una nueva técnica del poder que asumiendo estrategias diversas se va convirtiendo en pieza clave dentro de la economía política del ejercicio del poder en nuestro país". Es claro entonces, que la violencia se ha institucionalizado como un dispositivo en la sociedad que determina modos de actuación singulares. Y alrededor de esta condición es ha construido diferentes concepciones que la condenan, la niegan o la censura, buscando invisibilizar sus efectos, "bajo la táctica de la negación, el discurso produce y reproduce la violencia. Algunas veces simplemente se condena la violencia, pero en otras esa censura va acompañada de tácticas represivas de la violencia". Otras miradas se enfocan hacia colocar en circulación "magnificación de la violencia como instrumento para emanciparse de un poder represivo, dictatorial, negador. Esta incitación refuerza así el dispositivo, radicando en ello la genialidad del mismo al hacernos creer que a través de él es posible la libertad, cuando en realidad de lo que se trata es de liberarnos de la violencia."

En esta medida, es importante reconocer la existencia de la violencia y del conflicto en nuestro país para iniciar procesos de configuración de estrategias que redunden en la resolución de las diferencias alejados de las vías de hecho como única opción de resolver los conflictos, sin olvidar que para ello se requiere de un sujeto distinto, participativo, político e histórico, que comprenda que la configuración de una cultura democrática, es el lugar actual que emerge y se constituye en la posibilidad de resolver las diferencias. Y es precisamente, esta nueva condición frente a la violencia, la que le propone nuevos retos a la educación y a la escuela, escenarios de socialización en los que se enfrentan puntos de vista, se validan comportamientos, se discuten ideas, se entrecruzan las divergencias, que paulatinamente, en conjunción con otros, han comprendido su responsabilidad en la consecución de estos objetivos.