Uno de los acontecimientos que ha invadido en las últimas décadas las diversas esferas de la sociedad colombiana ha sido el fenómeno de la violencia, expresado en términos de desplazamientos, masacres colectivas, secuestros, combates permanentes, negociaciones con los grupos armados, proclamación de disposiciones legales para permitir despejes, etc., al punto de convertirse en una experiencia de vida que se institucionaliza como uno de los mecanismos para hacer política, solucionar conflictos y por supuesto, para ejercer el poder (entendido como una fuerza cuya intención es la de someter a otro bajo unos preceptos establecidos previamente por un grupo dominante).

En el análisis de la violencia en el país existen diversas tendencias que van tras el rastro de la violencia, en la búsqueda del origen del hecho, de sus protagonistas, de sus efectos, cada uno de los cuales establece concepciones de acerca de la violencia misma, de los modos como este dispositivo ha conformado subjetividades y de las formas como se podrían llegar a formular acciones para superar los conflictos. Al respecto, Vivas (2007), señala la existencia de tres enfoques, uno narrativo experiencial que son una conjunción de relatos escritos por los protagonistas de los acontecimientos, otro partidista, enfocado en la descripción de la confrontación entre los liberales y los conservadores, y finalmente, el científico-social, cuyo aporte se centra en trascender el fenómeno de la violencia más allá de una cuestión del escenario político, reconociendo que en este último, ha reconocido la importancia de la formación de un tipo de sujeto, un ciudadano, que incursiona como una necesidad inexorable para transformar las maneras de ejercer el poder, para crear y consolidar una cultura política, para definir mecanismos de resolución de las diferencias que trasciendan la guerra, como opción política de negociación, para ampliar los espectros, escenarios de participación e inclusión. En esta medida, se destaca el valor de la constitución de una sociedad civil que sirva de referente para adelantar prácticas sociales a favor del ejercicio de la ciudadanía.

Esta situación ha hecho que la mirada se dirija hacia los escenarios de socialización subjetiva, ya que allí se propicia el encuentro de los puntos de vista, las representaciones del mundo, la discusión de las divergencias, la aprobación de los comportamientos, el fortalecimiento de los valores, la resolución, negociación de las diferencias, y por supuesto, la generación de procesos de creación, transformación y constitución de sujetos, señalan Herrera (2001) y Vivas (2007). Son precisamente, los campos educativo y escolar, los ambientes en los que se pueden adelantar acciones para formar un sujeto histórico, participativo, democrático, que comprenda que la solución de los conflictos en un escenario de la cultura democrática es una estrategia que trasciende a las vías de hecho  (Herrera, et. al. 2001). De este modo, se suscita el enfrentamiento entre dos políticas de verdad, la primera, valida la instauración de la violencia como un modo de formación social, política y cultural, mientras que la segunda, propone la creación de una cultura política y democrática como un camino para resolver las divergencias sociales.

En esta perspectiva, la escuela se va erigiendo como uno de los espacios de socialización, entre los muchos otros existentes en la actualidad, véase por ejemplo, los medios masivos de comunicación y los medios digitalizados, para visibilizar las diferencias, los conflictos que hacen parte de la condición humana, los mecanismos de resolución de los mismos, para fortalecer la construcción de lo público, el fortalecimiento de valores relacionados con la cultura política como la justicia, la equidad, el pluralismo, la convivencia, entre otros, que redundaran en la formación de un sujeto distinto, de un ciudadano de un ser social e histórico (Herrera, 2001 & Vivas, 2007). Es así como paulatinamente la escuela, se convierte en una posibilidad para la formación ciudadana, de sujetos históricos que reconozcan su papel en la transformación social. Sin embargo, tal como está constituida hoy la escuela, con las nuevas condiciones sociales que emergen, se hace necesario un proceso de transfiguración, pues la escuela inicialmente se hizo necesaria para asumir retos, propios de la modernidad, que hoy al parecer han caído en desuso. La escuela no fue instituida para los desafíos de orden político que hoy se le plantean, no fue establecida para la emancipación, de ahí la necesidad de su transformación, ya que si se resiste a ello, definitivamente se corre el riesgo de asistir a su desaparición. De ahí entonces, que la escuela se vea enfrentada a configurar escenarios de participación democrática, que trasciende los establecidos institucionalmente (Gobiernos Escolar), en los que se practique el diálogo como vía de superación de las posiciones encontradas, en los que se trascienda el autoritarismo, la judicialización y el abuso del "poder" para dirimir diferencias,  en fin, en donde se vivencie verdaderamente una cultura democrática, que continuamente cuestionan el conflicto (Herrera, et. al., 2001).